Por: Alfredo Bielma Villanueva

Si tuviéramos que buscar un símil filosófico, histórico o literario para describir el actual acontecer mexicano acudiríamos sin duda a la antítesis entre Ariel y Calibán, la lucha entre el bien y el mal. Trasladado a nuestro acontecer nacional de un lado colocaríamos al Estado Mexicano y por el lado opuesto al crimen organizado, trenzados en una confrontación cuyo desenlace es de pronóstico reservado, aunque usted no lo crea; a esos extremos hemos llegado en México, quién lo dijera. La Inseguridad es la pandemia de nuestros tiempos.

Tarea laboriosa y fuera del alcance de un artículo hebdomadario sería analizar las causas por las cuales hemos llegado al lamentable espectáculo de un Estado cuyos esfuerzos se estrellan contra un leviatán con crecimiento desmedido al grado de oponerle fuerte resistencia y faltarle el respeto porque no responde el Sector Seguridad Pública, aún después de sacar a las fuerzas armadas de sus recintos oficiales.

No ha mucho, en tiempos del Presidente De la Madrid la Seguridad Pública tenía el rango de un servicio de carácter municipal, como se inscribió en la iniciativa presidencial de 1983 para reformar la fracción tercera del artículo 115 de la Constitucional: son servicios municipales-decía el texto- “alumbrado, limpia pública, agua potable, seguridad pública…”.

Los tiempos cambian, las circunstancias también, once años después, en 1994, ya Zedillo en la presidencia, se reformaron los artículos 21 y 73, fracción XVII del texto Fundamental, pues atendiendo al diagnóstico social la Seguridad Pública se convirtió en función a cargo de los tres órdenes de gobierno, Federación, Estados y Municipios, es decir, todo el Estado Mexicano estaría a cargo del combate a la delincuencia.

El artículo 18 de la Ley Reglamentaria, “Ley General que funda las Bases de Coordinación del Sistema Nacional de Seguridad Pública” estipuló: “En el Distrito Federal y en los Estados se establecerán Consejos Locales encargados de la coordinación, planeación y supervisión del Sistema Nacional de Seguridad Pública en sus respectivos ámbitos de gobierno. En los casos de los Consejos Estatales participarán los Municipios…”.

Por efectos de esta Ley se fundaron las Academias de Policía, Estatales y Regionales, con el propósito de capacitar a los elementos policíacos y proporcionar a la ciudadanía un cuerpo de vigilancia confiable. Durante ese proceso normativo en Veracruz le correspondió al gobierno de Patricio Chirinos iniciar los implementos de la reforma de 1994, y durante el gobierno de Miguel Alemán se lograron avances sustantivos, pero frustrados a partir de 2004.

En la década de los ochenta desde lejos observábamos con horror cuanto ocurría en Colombia, temíamos llegar a la “colombianización”. Pero sucedió con todo el rigor de una patología social para la que el Estado Mexicano parece no tener cura. Escribí en 2008: “Al lanzarle un pedrusco al gran panal del narcotráfico pareciera que el gobierno federal ha abierto la caja de Pandora, de la cual han salido violentamente expulsadas las plagas, aparte del vicio y la pobreza que son endémicas, se sumó con mayor intensidad el crimen organizado, que han invadido con pasmosa celeridad todo el ámbito nacional, Veracruz incluido, a pesar de que las autoridades lo nieguen con la inútil pretensión de hacer parecer que vivimos en paz y tranquilidad pero desafortunadamente eso no es cierto. Y por Zeus que quisiéramos estar equivocados”.

Calderón encontró magros avances en la capacitación de los cuerpos policiales, por lo que en reunión del Consejo Nacional de Seguridad acordó con los gobernadores un plazo para concluir ese expediente, lo fijaron para 2011, transcurrió el término pero ninguna entidad cumplió; se fue Calderón, llegó Peña Nieto y nombró a Osorio Chong en Gobernación, quien equipó una Súper Secretaría que combinó el control político con la Seguridad Pública, pero le ocurrió aquello del “que mucho abarca, poco aprieta”, pues en materia de Seguridad el fracaso ha sido mayúsculo y se convirtió en el Talón de Aquiles por donde se malogró su candidatura a la presidencia de la república.

Acá en la aldea jarocha, después de Villarín en 2007 nada ha sido igual; con el “mejor paga” cuando se acudía en busca de ayuda para solventar un secuestro nada ha vuelto a la tranquilidad y fue retóricamente hueco el slogan “vamos bien y viene lo mejor”, porque aún el escogido para el continuismo se convirtió en rehén de su propia escolta, según se pudo deducir después de aquella balacera en la habitación de un hotel orizabeño. Por todo esto, la población veracruzana sigue en ascuas y cuestiona ¿“Y yo por qué”?

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