Estamos inmersos en un proceso electoral de cuyo desenlace depende el destino de México, incierto porque quienes aspiran a gobernar este país durante los próximos seis años presentan diferentes proyectos de nación, con matices sujetos a las circunstancias que las condicionan, pues no es cuestión de solo desear un cambio sino de conciliar pensamiento y acción con los dictados de la realidad.

Para conseguir sus propósitos los partidos políticos se han integrado en alianzas de perfil impensable hace solo algunos años, pero las circunstancias imperantes los obligan a aliarse hasta con sus antípodas ideológicos, si acaso la ideología algo tuviera que ver en esto. Tal sucede entre el PAN y el PRD así como entre Morena y el PES, cuyas trayectorias habían sido aparentemente irreconciliables, aunque en términos de realidades pragmáticas esos pensamientos teóricamente antagónicos pasan a segundo plano cuando se juega la tenencia del poder político. Una vez adquirido el poder la operación aritmética pudiera cambiar de suma a resta, y acaso hasta en división.

Históricamente, están presentes las intermitentes alianzas entre el PRI y el PAN, o el PRI y el PRD, o entre el PAN y el PRD, nada que cause extrañeza pues en la acción política son válidas más aún cuando se evita por ese procedimiento llegar a la violencia; en esa lógica los gritos, los dicterios, las marchas y las tomas de tribuna son preferibles en el entramado político. En los tiempos del tristemente recordado Fobaproa el PRI y el PAN fueron aliados teniendo la férrea oposición del PRD. Cuando el PAN llegó a la presidencia, Fox no pudo con la oposición estratégica del PRI-PRD en el Congreso que le frustraron los cambios ofrecidos. Por su experiencia en el manejo del poder y del gobierno el PRI logró alianzas con el PAN y el PRD para alcanzar las reformas estructurales de Peña Nieto, así consta en la historia nacional más reciente.

Ya se ha señalado que el ejercicio del poder desgasta, que estando en la oposición política se lucha por adquirir el poder de gobernar para lo cual se esgrimen argumentos desde la comodidad opositora, pero una vez en el gobierno esos mecanismos se dejan a un lado, nada que sorprenda en las relaciones de poder, pero allí es donde interviene la madurez y la participación ciudadana, al saber discernir entre quién ofrece solo para no cumplir o quién miente descaradamente aprovechándose del enojo social afirmando lo que la gente quiere escuchar. Grave riesgo corre toda población electoral cuando vota por enojo, o solo por llevar la contraria, porque se está en la circunstancia de ser víctima propicia de quien abiertamente la engaña utilizando una retórica que endulza sus oídos.

¿Quién de entre -AMLO-Anaya-Meade maneja más silogismos congruentes con la realidad? En todo caso ¿a cuál candidato le concede mayor crédito la conciencia ciudadana actual? Las respuestas varían porque cambian conforme pasan los días lo mismo el tono de los discursos ¿cuántos de quienes hoy han elegido por quién votar cambiarán de parecer a última hora?

En la aldea jarocha también tenemos cambio de gobierno estatal, también son tres los aspirantes, ya parte una de fantasmal aparición, cada cual con sus respectivas propuestas y diferentes enfoques de una realidad que combina miedo, inseguridad y pobreza, allí donde radica el enojo social que es caldo de cultivo para el irreflexivo voto de castigo. En esta arena compiten tres candidatos de buen perfil, dos con experiencia en la administración pública y trayectoria política, pero no cuentan con ese “voto ciego” que la actual percepción presagia y de sus estrategias depende el viraje.

Por lo demás, el escenario nacional combina escenas de dramatismo grotesco, como esa en la que Ricardo Anaya aparece rodeado por Los Chuchos y del dirigente nacional perredista, un acontecimiento no imaginado ni en las peores pesadillas de los fundadores del PRD; el espectáculo es grotesco porque desdibuja aquellos interesantes diferendos retóricos y doctrinarios entre los teóricos del panismo y los representantes de la izquierda mexicana, convertidos en referencia anecdótica por los aliancistas de ahora. Ese cuadro refleja el pragmatismo más crudo por el que atraviesa la política mexicana, es la fiel expresión de una lucha por el botín, que en este caso es la presidencia de la república, ni más ni menos.

Si realmente los partidos políticos buscaran el bien común o intentaran siquiera contribuir para componer todo lo mal que anda este país se mostrarían más selectivos en la postulación de sus candidatos, desafortunadamente no es así y para comprobarlo basta con ver a quienes abanderan: Morena postulará por Xalapa a quien fuera apenas hace un año candidata del PAN a la alcaldía jalapeña, Ana Miriam Ferráez; el Frente PAN-PRD-MC postula a Eduardo Sánchez Macías, quien ya fuera diputado por el Verde Ecologista pero antes fue priista y nada extraño sería que el PANAL presentara a Vicente Benítez para su reelección. Si enfrente de los partidos políticos hubiera una sociedad madura, que supiera elegir, sin duda habría mayor moderación, pero no hay respeto a la ciudadanía porque ésta no se hace respetar.

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