Actualmente la geografía política de México presenta un panorama muy diferente al de 2012, año del anterior proceso electoral para elegir presidente de México. En aquel entonces gobernaba el partido Acción Nacional en un interregno de doce años que implicaba la primera alternancia mexicana, por la cual se interrumpió la hegemonía priista prevaleciente desde 1946 hasta 2000. El PRI recuperó el poder presidencial en 2012, y ahora lucha por conservarlo frente al empuje arrollador de un Andrés Manuel López Obrador, totalmente reciclado, revestido de una estrategia diferente, de suma indiscriminada de adhesiones, ya no más la ortodoxia sectaria de antaño, son tiempos de sumar “gorgojos”, “barbasco”, “basura” como de tal califica la opinión pública las nuevas adherencias al movimiento lopezobradorista. También confronta a un Frente opositor, igualmente ajeno a ortodoxias ideológicas, “derechas” e izquierdas” van unificadas en el marco de un amasijo de partidos que aspira a un “gobierno de coalición”.

Los partidos políticos concursantes atraviesan por circunstancias diferentes a las del pasado inmediato, en el presente 16 entidades federativas son gobernadas por PAN-PRD, mientras que el PRI-Verde Ecologista lo hacen en 15, casi al parejo en número pero la diferencia es sustantiva en cuanto a población gobernada y aportación al PIB nacional por entidad; el PRI prosigue gobernando en entidades con mayor población en pobreza, mientras que un gobierno independiente está a cargo del pujante Nuevo León. La forma en cómo va a influir ese escenario en el resultado electoral de julio próximo dependerá de la estrategia electoral de cada alianza partidista, el proyecto de nación que ofrezcan los candidatos y de la participación de una ciudadanía enojada y desorientada.

En cuanto a nuestra aldea jarocha, la geopolítica también ha cambiado transcendentalmente en los últimos seis años, pero aquí se combina dramáticamente con la llamada geografía del terror, como la calificó en un reportaje el Diario madrileño El País. Esto último ya lo había señalado muy claramente el sacerdote Alejandro Solalinde: “Veracruz es un enorme cementerio”, pero fue descalificado por las autoridades de cuando Duarte de Ochoa disfrutaba con fruición del “pinche poder” en detrimento de los veracruzanos. Las inconcebibles 342 fosas encontradas con restos humanos a ras y en el subsuelo, constituyen una muestra oprobiosa de la calidad de vida de la sociedad veracruzana, obviamente esto influye en el estado anímico del votante, que no viendo sino sombras en el camino pudiera ser víctima fácil de quien o quienes ofrezcan un mundo sin terror y sin pobreza.

En ese tétrico escenario la clase política se “recicla”, solo para quedar igual. De saltarines, prófugos partidistas y vividores del presupuesto está compuesta la lista de quienes pretenden seguir en la nómina publica postulándose a una reelección o saltando de una cámara legislativa a otra. Nada para el asombro porque ocurre en todo el orbe, pero es subrayable la improductividad de esos actores políticos y su divorcio de la comunidad social que los ve nacer y luego crecer en el trapecio electoral. El fenómeno es inevitable si se quiere políticos con experiencia, pues entre los procedimientos para alcanzarla está la de su permanencia en los pasillos del poder. El método para superar la mediocridad radica en una ciudadanía que sepa escoger con su voto a alcaldes, diputados, senadores, gobernadores y presidente de la república; suena fácil, otros países lo han conseguido, nosotros ¿por qué no?

En La Iliada, esa creación literaria fuente de conocimientos imperecederos, abrevamos el ideal homérico cuando refiere la coordinación armónica entre el dicho y el hecho de quienes dedican sus afanes a servir a la comunidad: “Decidor de palabras y hacedor de hechos”, es una feliz acotación para apuntar el valor que los griegos conferían a la palabra.

Esa reseña viene al caso ahora que nos saturamos del discurso de los candidatos a gobernar México, y en nuestro solar de quienes aspiran a gobernar Veracruz. De ellos escuchamos decenas de propuestas, alegorías de su proyecto de nación, de lo mejor para el país, obviamente incluye el mensaje subliminal de que lo harán mejor que el actual gobierno, tal como hace seis, doce, 18 años, pero difícilmente empatan las palabras con los hechos.
Al igual que en ocasiones anteriores, ahora se le plantea a la sociedad la oportunidad de decidir su futuro, de ratificar su decisión sexenal o de rectificarla.

Pero esa decisión se encuadra en el marco de una democracia incipiente en la cual prevalece la mayoría de votos (que se consigue con artimañas varias), suficiente, para tergiversar la auténtica orientación del cambio y subsiste el riesgo de escoger el camino menos indicado. El riesgo es real, y se magnifica cuando la ciudadanía, obnubilada por el enojo de su condición social, ni participa ni está cabalmente enterada del acontecer social y político. Como quien se lanza al rio, solo queda nadar para alcanzar la otra orilla.

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