Para nadie es un secreto que una de las causas por las cuales el Movimiento de Regeneración Nacional encabezado por Andrés López Obrador arrolló en las elecciones del primero de julio próximo pasado fue la corrupción y su inseparable réplica, la impunidad. Con esta deducción no se descubre el hilo negro ni se inventa el agua caliente porque ese fue uno de los ejes centrales del discurso lopezobradorista en campaña, regó suelo fértil y los frutos en abundancia no se hicieron esperar.

Nadie ignora las desigualdades sociales imperantes en nuestro país, tampoco la enorme brecha entre un Norte en pleno y pujante desarrollo industrial y un Sur con economía rural y agricultura trasnochadas, un suelo feraz lamentablemente desperdiciado por la inoperancia de los programas agropecuarios implementados por los gobiernos del orden federal y los estatales. Dinero para su desarrollo ha habido, pero ha sido desviado por contubernios inconfesables entre autoridades venales y dirigentes políticos, ahijados del tradicional clientelismo electoral. Como bien lo expresó en su tiempo Oscar Brauer cuando era Secretario de Agricultura en el gobierno de Luis Echeverría (1970-1976):esa fue  “los campesinos en México no están organizados para sembrar, sino para votar”, una realidad incuestionable cuyo reflejo traduce pueblos pobres entregados a la emigración.

En ese caldo de cultivo fundó MORENA su triunfo electoral, 30 millones de votos avalan el hartazgo ciudadano y explican el interés popular por cambiar estructuras caducas y en plena decadencia, AMLO es producto y motor de ese anhelo de cambio que sintetiza en las premisas de la Cuarte Transformación. Si lo logra qué bien por México, de otra forma se acumularán elementos detonantes de mayores riesgos para la estabilidad del país.

El bono democrático depositado en lo que será la gestión de AMLO a partir del 1 de diciembre próximo incluye el dominio del Poder Legislativo, el ámbito a través del cual se formularán los cambios constitucionales y normativos para diseñar el nuevo proyecto de nación. Por el momento, al margen de la discusión nada ociosa sobre un conflicto en el equilibrio de Poderes, el Poder Legislativo está ocupándose en labores de ariete para concretar los cambios, ya empezaron.

De la periferia al centro en Veracruz la bancada de Morena en el Congreso local acaba de dar el primer paso para recomponer la estructura político electoral en la entidad al iniciar una reforma de ley para reducir a 30 el número de diputados locales, desapareciendo 20 de los que ahora integran el Congreso estatal; sin duda representará un ahorro sustantivo de dinero público y dará fin a las canonjías auspiciadas por la partidocracia. Ahora, desde el senado Ricardo Monreal propone a sus compañeros de escaño reducir 50% el presupuesto destinado a los partidos políticos, tal reforma implicaría un ahorro sustantivo de recursos públicos que en vez de repartirse entre vividores de la política podrían aplicarse en programas de desarrollo social. Desaparecer el fuero a diputados y senadores es otro de los expedientes para darlos de baja; lo que ahora parece fácil no lo era hace algunos meses.

A estas alturas de cuanto ocurre en el país la discusión debiera centrarse no en si se está o no de acuerdo con la llegada de AMLO a la presidencia de la república, sino en el método para desaparecer las lacras que han retrasado el despegue del país.

De la corrupción hablamos porque es tema cotidiano, y con todo ignoramos a ciencia lo que existe tras sus telones, pero basta el caso de Javier Duarte de Ochoa para darnos idea de la necesidad de cambiar.

La indignación nacional, el grave golpe a la conciencia ciudadana asestado por la “condena” a prisión de nueve años a Javier Duarte de Ochoa ha provocado un clamor generalizado en todos los sectores de la población mexicana. Es el caso más apropiado para ejemplificar la amargosa combinación entre corrupción e impunidad, un auténtico círculo vicioso en el cual es imperceptible el límite de dónde empieza una y termina la otra. Pero también sirve para recordar la necesidad de cambiar a la clase política, que por ser recurso humano constituye uno de los retos más difíciles de enfrentar.

Está visto que no basta la voluntad de cambio, porque si así fuera lo lograría el impulso de un solo hombre, o de varios en torno suyo. La naturaleza humana participa en grado sumo, porque en cuestiones de Poder Político hasta el más pintado se decolora, “dadle poder a un pendejo y hasta la forma de caminar le cambia”, dice sabio refrán que debe ser atendido por los scout de los gobiernos estatales y el federal impulsores de la Cuarta Transformación porque de cuatro o cinco con intenciones auténticas para el cambio surgirán decenas queriéndose aprovechar del “río revuelto”.

alfredobielmav@hotmail.com

28- septiembre-2018.