A DESTIEMPO

El formato de los cambios de Gobierno en nuestro país no tiene ni pies ni cabeza. Ignoramos a que mentes trasnochadas se les ocurrió –entre otras cosas- que el nuevo gobernante inicie su administración montado aún en el presupuesto autorizado a su sucesor; es decir, si el ejercicio presupuestal concluye el día último de diciembre ¿para qué entonces meter al nuevo gobernante al ruedo el día primero de ese mismo mes? ¿Será acaso una novatada muy perversa?

Lo primero que tiene que llegar a hacer el debutante es a revisar los cajones a ver que le dejó su antecesor para pagar aguinaldos, salarios y los demás gastos que genera la burocracia que le sirvió al gobierno anterior.

Si el antecesor es compadre del sucesor, no pasará nada; pero si por el contrario es su enemigo político y además le ganó la gubernatura a su hijo, se retirará poniendo la mayor cantidad de bombas y trampas posibles, además de dejar las arcas exhaustas.

LOS CINCO MESES DEL DEMONIO

El problema inicia desde el formato de la elección; es un proceso electoral que se lleva a cabo en el mes de julio, es decir cinco meses antes de que el ganador de la contienda asuma el poder.

Ese lapso de tiempo no tiene razón de ser si consideramos que la ley mandata que el gobernador saliente le bastará solamente un mes para entregar las cuentas al gobernador entrante, pues oficialmente la entrega-recepción es obligada hasta el mes de noviembre.

Entonces sería lo lógico que las elecciones se realizaran solamente dos meses antes del cambio de gobierno (si quiere guardarse un colchón de tiempo) o de plano un mes antes (si se hace “en caliente”). Es más, el nuevo gobierno debería iniciar el día primero de enero, cuando el anterior ya hubiera cerrado sus obligaciones con su burocracia, y los dineros para el próximo año estuvieran ya en puerta.

Los cinco meses mencionados son un suplicio para los alcaldes, pues tendrán que definir con quién de los dos gobernadores jalan, si con el que le restan solamente cinco meses, pero que en ese tiempo puede partirles la… administración, o con el que aún no llega, pero con el que tendrán que caminar tres largos años.

El mismo dilema atraviesa la iniciativa privada y todos los demás sectores políticos y productivos, que tendrán que utilizar la maña para sobrevivir siendo el jamón del sándwich entre dos gobernadores, durante cinco pesados, inciertos y desgastantes meses.

Es increíble que para empatar las elecciones de gobernadores y presidente de la república se tuvieron que hacer ajustes hasta de cinco años en algunos estados, mientras que por el otro lado no puedan recorrer unos cuantos meses el proceso electoral para que sea más congruente y menos conflictivo; bueno, cabe la posibilidad de que nuestras autoridades electorales no lo hayan notado aún.

MÁS LEÑA AL FUEGO

Por lo visto el dios Cronos no ilumina con demasiada frecuencia a nuestros Congresos e Institutos Electorales, porque eso de que un gobierno concluya a las doce de la noche solamente se le pudo haber ocurrido a Drácula; si el horario laboral inicia a las nueve de la mañana no pasaría nada si en ese momento se realizara el cambio; de lo contrario de esa hora y hasta las nueve de la mañana existe un vacío de poder innecesario.

En esta ocasión en Veracruz, Cuitláhuac García no quiso arriesgarse a que durante esas horas muertas surgiera alguna sorpresa, así que tomó protesta a las doce de la noche; como si se tratara de una misa negra y no de un cambio de gobierno; pero aplicó el “más vale prevenir que lamentar.”

ES PLAGA

Por si el desgarriate estatal no fuera suficiente, ahora lo empataron con el desgarriate federal, pues su proceso electoral está estructurado igualito; el país tiene durante cinco meses dos presidentes, así que el desconcierto también es nacional. Durante ese tiempo, los actores políticos andan tan confusos como nuestro padre Adán en el día de las madres.

La crisis federal acentúa las estatales, ya que el nuevo presidente entra en funciones sin ninguna posibilidad de echarles la mano en un corto plazo a los gobernadores entrantes.

RETRO

Iniciar los gobiernos tan descobijados es algo sumamente ilógico, tal vez se valía cuando en el país existía un partido hegemónico, pero actualmente no existe tal, a pesar del triunfo arrasador de Morena, dista mucho de ser lo que en sus buenos tiempos fue el PRI; cuando la figura presidencial tenía rasgos mitológicos y la voz del presidente era la voz de dios; ya no existe esa figura poderosa, Fox, Calderón y Peña Nieto se encargaron de hacerla pedazos.

DE MAL EN PEOR

Por su parte las autoridades electorales en lugar de simplificar las cosas las complican, prueba de esto es que en la pasada boleta los ciudadanos elegimos a un chorro y dos montones de candidatos, mientras que lo practico sería dividir las elecciones en poderes administrativos (presidente, gobernador y alcaldes) y Legislativos (senadores, diputados locales y federales), sería más lógico; pero prefirieron poner en la boleta cargos de chile mole y pozole.

El pasado proceso nos emplazaron a elegir lo mismo a senadores y diputados, que a presidente y gobernadores; el revoltijo le restó importancia a la elección de los legisladores, la gente votó por el presidente, si acaso reflexionó con el gobernador,   y de ahí en adelante se fueron en “escalerita” votando por el mismo partido.

La democracia en México cuesta millones y millones de pesos del erario público, no es lógico que se realice con tales deficiencias; hay cuestiones que aparte de ser evidentes son de lógica y que deberían de ser corregidas.

Ya deberíamos estar en los tiempos en que después de superar la etapa de las elecciones creíbles, entráramos al momento de propiciar la eficiencia en los arranques de los gobiernos; porque los nuevos gobernantes en este momento la tienen muy cuesta arriba.

Cuestión de sentido común, que es el menos común de los sentidos.