Vivimos una época de coyuntura histórica en nuestro país, no existe dificultad para comprobarlo pues basta una mirada a vuelo de pájaro sobre el escenario nacional. Sin embargo, para reforzar la apreciación es conveniente referir antecedentes mediatos e inmediatos y así lograr una mejor comprensión del actual episodio histórico.

Para no retrotraernos demasiado en el tiempo recordemos que a inicios del siglo XX se radicalizaron las protestas de inconformidad contra el régimen de Porfirio Díaz, para aplacarlas las medidas de represión acentuaron su virulencia. Ya había fisuras al interior del Sistema, pues un fuerte sector de la elite burocrática encabezada por el Secretario de Hacienda, José Ives Limantour, pugnaba por imponer su jerarquía al margen de la voluntad del dictador y sus amigos políticos más cercanos, quienes a su vez, observando el ocaso del patriarca, debatían su sucesión como aves de rapiña.

El caldo de cultivo lo condimentaba el Floresmagonismo, haciendo conciencia en la clase media; la represión en Cananea y Rio Blanco; el brote rebelde de Acayucan, reflejaban el registro sangriento del México bárbaro, corroborado en la inhumana cacería de Tarahumaras y Yaquis, y todo opositor al régimen para hacerlos morir como esclavos en Paso Nacional, Yucatán y San Juan de Ulúa. Las nuevas generaciones agrupaban jóvenes cuyo brillo resplandecería en los debates del Constituyente. En ese mar de confusión proliferaban políticos y periodistas formados y/o deformados por largos años de silencio frente al poder dictatorial de Díaz, gracias a los “cañonazos” de Limantour. Finalmente el dictador fue derrocado y hace cien años, 1917, se promulgó el Pacto Fundamental que hoy nos rige.

Nada en la vida es para siempre, todo permanece en constante movimiento. En cuanto al cambio social, cuanto ocurre en el ámbito de la política y la economía señala los síntomas de la transformación social. De hecho, los cambios se suceden sin cesar, aunque la sociedad que los protagoniza no los advierte con claridad porque está inmersa en ese proceso, haciendo efectivo aquello de que el árbol impide ver el bosque.

Lo coyuntural del actual episodio histórico se refleja en las señales del cambio, manifestadas en la creación de instituciones, ya para fortalecer la impartición de justicia (Nuevo Sistema Penal Acusatorio, Fiscalía Autónoma); ya para otorgar confianza en procesos y resultados electorales (INE, Fepade, Tribunales Electorales, candidaturas independientes), ya para institucionalizar el combate a la corrupción (Sistema Nacional Anticorrupción: la Función Pública, la Auditoría Superior de la Federación, el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (Inai), el Tribunal de Justicia Administrativa, el Consejo de la Judicatura Federal, la Fiscalía especializada en delitos de corrupción y la sociedad civil). Si bien la alternancia es un fenómeno político ya enraizado en nuestro país, sin duda forma parte de la metamorfosis que como Nación hemos venido experimentando, es el proceso de un Régimen a otro.

Pero aún en la parte más visible del acontecer social, tal como el escenario político, los cambios, por evidentes y obvios se tornan invisibles. Pocos recuerdan, porque lo vivieron y son testigos de ello, que hubo en este país un Partido Político hegemónico, manejado desde la elite del poder, bajo cuya égida se realizaron cambios institucionales y económicos, se implementaron políticas públicas de desarrollo económico y social, pero a cambio se deformaron metas y surgieron lacras: una elite política convertida en clase dominante buscando el interés de grupo, adocenada porque llegó de todo, desde las “izquierdas”, el centro y la derecha.

Las primeras alternancias reconocidas fueron en el nivel de gobierno municipal: San Luis Potosí, Mérida, Ciudad Juárez, Hermosillo, Monclova, Acayucan, Coatzacoalcos, Papantla, Pánuco. Pero la joya de la corona fue Baja California Norte, en 1989, cuando el PAN consiguió su primera gubernatura con Ernesto Ruffo Appel; hizo el papel de la primera cuenta del rosario alternativo, pues siguieron Yucatán, Aguas Calientes, Jalisco, Nuevo León, el Distrito Federal, Nayarit, Querétaro y, entre las más recientes, Veracruz. Fue el capítulo previo al gran salto hacia la alternancia presidencial.

El sueño democrático casi imposible: la presidencia de México se realizó en 2000, 2006 y 2012, sin restauración posible. Pero, es obvio, los cumpleañeros de 20 o 30 años las vivieron en la infancia, la adolescencia y la juventud, los más desde lejos, y en ellos es historia lo que para nosotros fue intensa vivencia.

De allí lo interesante del entreveramiento generacional en política, subrayadamente cuando los relevos implican no solo cambio de estafeta sino de pensamiento. Cárdenas y Alemán Valdés lo protagonizaron en el México posrevolucionario; después, la transición generacional y de pensamiento recomenzó cuando López Portillo eligió a Miguel de la Madrid, siguieron Salinas y Zedillo; el interregno fue Fox porque Calderón siguió la tendencia del cambio generacional y con Peña se ratifica al señalar hacia Meade, Videgaray y amigos de viaje; en otro tren pero con igual destino están Anaya y Mancera. López Obrador es rezago generacional, no por ello descartable porque aúna experiencia, convicción y vocación de servicio.

Acá en la aldea jarocha el fenómeno es bastante claro: Miguel Ángel Yunes Linares forma una generación inmediata a la de Dante Delgado y Fidel Herrera, y le corresponde entregar la estafeta a la generación del relevo, en la que actúan protagónicamente José Yunes Zorrilla, Héctor Yunes Landa, Miguel Ángel Yunes Márquez y Cuitláhuac García, en cualquiera de ellos se materializará el cambio generacional en el Poder veracruzano.

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9-diciembre-2017