“Justicia que no es pronta y expedita, no es justicia”, esta es una afamada frase adecuada al caso de la detención de Tito Delfín Cano, porque la orden para detenerlo se expide y aplica después de 4 años de abrirse la carpeta de investigación en su contra, y cuando hacía campaña para dirigir un partido político, el PAN. El caso levanta las expectativas de rigor porque, independientemente de las justificaciones de índole jurídica, la aprehensión de Delfín se asemeja a un tiro de billar, resultando una carambola de dos bandas en el campo político al asestarle duro golpe al partido de oposición más competitivo en la entidad, pues deshaciéndose de uno de los candidatos a dirigirlo afecta de manera casi automática al otro, Joaquín Guzmán, a quien se adjudica la presunción, no comprobada, de hacer alianza con el gobierno estatal. Joaquín Rosendo ha negado rotundamente esa intrigante versión, pero la habitual versatilidad y conducta del político es muy sensible al “calumnia que algo queda”, genera dudas y siembra sospechas. Así, encarcelando a uno y poniendo en grave entredicho al otro en campaña para dirigirlo, el Partido Acción Nacional sufre duro revés político. Esta hipótesis pudiera pecar de exagerada o errónea al atribuirle a quien asestó el golpe virtudes hasta ahora desconocidas de sutil estratega político, pero en todo caso la frase de “palo dado, ni Dios lo quita” viene aquí como anillo al dedo.