Por las razones que se quieran el diputado Sergio Gutiérrez ha despertado un súbito interés entre algunos comunicadores de Xalapa, aunque pudiera ser por la extrañeza que motiva su incursión en territorio veracruzano donde poco o nada se sabía de él. También porque evoca el tema de la candidatura de Morena al gobierno de Veracruz cuando apenas pasamos el umbral de los primeros tres años del gobierno de Cuitláhuac García. La aparición de Gutiérrez en el escenario veracruzano genera mucho ruido, distrae al gobierno local y alimenta de especulaciones al cotarro político, pero tiene todo el derecho y la libertad de conducirse como le venga en gana, o le digan quienes manipulan la política nacional y lo dejan hacer. Sin embargo, es entendible la expectación y nada raro porque rememora tiempos de antaño, cuando durante la hegemonía priista el convertirse en candidato del PRI a un cargo de elección popular significaba un paso automático a figurar en la nómina pública, lo cual parece ser reeditable ahora con Morena en poder del hilo político. Obviamente, los tiempos son otros y las circunstancias diferentes, porque ahora hay competencia electoral democrática, la oposición cuenta, los votos se cuentan y el INE y acaso el OPLE son garantes de su legalidad. ¿Sergio Gutiérrez trae línea y autorización para incursionar políticamente en la entidad veracruzana? Obviamente sí, pero ¿cuál será el propósito? Tales interrogantes se plantean porque ni antes ni ahora en política los cabos se dejan sueltos, por mucho que se presuman míticas diferencias, pues esta actividad conlleva inherentes reglas no escritas cuya enseñanza afirma: “lo que se deja al azar casi siempre conduce al fracaso”. En fin, si se requería una terna de MORENA para suceder a Cuitláhuac García, ya se completó: Rocío Nahle, Ricardo Ahued y ahora, presumiblemente Gutiérrez. El caso recuerda aquello de que a veces hace más ruido y lleva más sonajas quien habla con el silencio.