«Estamos bajo un intenso bombardeo, ya nos toca salir. Mamá, Papá, los amo”, dice en un video un joven ucraniano listo para dirigirse al campo de batalla ¿por qué? ¿Para qué? Simplemente porque “el hombre es el lobo del hombre”, porque es víctima de su naturaleza, inconforme de sí mismo y con tendencias innatas hacia la destrucción. Para saciar su ansias de confirmarse así mismo demostrando al otro su “superioridad” Pero, en realidad nada de cuanto ahora ocurre es nuevo en la historia de las sociedades humanas, hacen larga fila los Creso, Ciro el Grande, Atila, Alejandro, Napoleón, Hitler, entre muchos otros que han dejado huella indeleble en la historia de la humanidad porque, si bien son hitos de las civilizaciones nada podría borrar los horrores que provocaron en el alma de sus contemporáneos. Por ejemplo, Napoleón fue un guerrero insaciable, cuando concluía una guerra ya estaba pensando en la siguiente sin importar el dolor ocasionado entre los padres de familia cuyos hijos ya estaban en edad de afiliarse al ejército, la sociedad francesa descansó de sus tensiones cuando el héroe de mil batallas fue recluido en Santa Elena. En otro de los grandes holocaustos Hitler hizo uso de jóvenes imberbes para engrosar las filas de un ejército anímicamente derrotado, en medio de una población que buscaba formas de emigrar para evitar la cruel desintegración familiar. En verdad ¿quiere el pueblo ruso doblegar al ucraniano para hacerse de sus riquezas en uranio, litio, petróleo, carbón, hierro, etc. Y acaso “presumir” como hacíamos en México cuando decíamos que “el petróleo es nuestro? Si ocupan con baño de sangre Ucrania ¿el pueblo ruso disfrutará, ahora sí, de las riquezas arrebatadas a esa nación?  Se duda, porque cuando la disolución de la URSS entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991 con la independencia de las 15 naciones que la integraban, Ucrania entre ellas, el pueblo ruso no había gozado de los beneficios de aquella gran confederación de Estados. Pero, cuando el pueblo de una nación carece de controles para sujetar a sus gobernantes, como es el caso de Rusia, estos deciden sin consultar el destino colectivo, ya para bien, ya para mal. Por tal motivo, Putin decide a su arbitrio, eso sí a nombre de lo que en su momento hicieran Ciro, Alejandro, Napoleón y Hitler, solo para revertir el orden de las cosas: “en la paz, los hijos sepultan a sus padres, en la guerra los padres sepultan a los hijos”, dramático, pero lamentablemente resulta cierto.