Durante los duros y prolongados años en la oposición, al actual presidente de México se le atribuían actitudes antidemocráticas porque en sus dos competencias por la presidencia de la república en las cuales perdió por minoría de votos (2006 y 2012) no reconoció la victoria de su oponente alegando fraude electoral pese al acreditado funcionamiento del IFE y del INE. En esa postura llegó incluso a calificar a Calderón de “presidente espurio”; la misma reacción se produjo en otras elecciones no ganadas por el PRD, aunque cuando obtenía el triunfo reconocía competencia democrática, es decir “si pierdo es fraude, si gano, no”. No obstante, paradojas de la vida, ahora, el mismo López Obrador, ya desde otro ángulo del cristal, critica a sus opositores con argumentos similares a los utilizados por los “conservadores”: “Son demócratas cuando les conviene, cuando gana un movimiento contrario a su pensamiento conservador (dicen) ‘no pues no hay democracia, no existe la democracia’. Así pasa cuando sucede, pero, lo cierto en la realidad del momento es que López Obrador es el presidente de México porque en 2018 apabulló electoralmente a sus adversarios, tiene la sartén por el mango y esa condición le otorga oportunidad para diseñar su discurso a conveniencia; ganó después de dos frustradas oportunidades, ahora corresponde a la oposición revertir sus circunstancias para electoralmente recuperar el poder. Así es la democracia, se puede mejorar, y lo mejor es hacer talacha, y participar a favor o en contra de cualquiera de los bandos para que así sea.