Gusta mucho el presidente López Obrador en insistir retóricamente que su gobierno impulsa la democracia, como si fuera un parteaguas o punto de partida en la evolución política del país y no parte de la transición, como es en realidad.

En retrospectiva es posible advertir cuando se dieron los primeros pasos hacia la transición democrática: en la década de los años noventa del siglo pasado, cuando previamente se produjo al interior del PRI la ruptura protagonizada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muños Ledo en 1987 con la afamada Corriente Democrática, cuyo desprendimiento del PRI originó el Frente Democrático Nacional (FDN) para competir en la elección federal de 1988, el auténtico parteaguas a partir del cual ya nada ha sido igual.

Después, los partidos políticos de oposición hicieron lo suyo, el PAN, con su estrategia colaboracionista que rindió fructuosos resultados para su crecimiento, y el PRD, al que su estrategia de “intransigencia democrática” restó el impulso ganado en la elección presidencial del ´88, pero en la rectificación estratégica planteada en su Congreso Nacional de agosto de 1995 encontró renovados bríos para participar en las reformas electorales y así ganar la Jefatura de gobierno del Distrito Federal.

Ya sabemos de la alternancia en la presidencia en 2000 y 2006 con el PAN, de la recuperación del PRI en 2012 y la llegada de MORENA en 2018, todo un proceso evolutivo de nuestra democracia fortalecida y apuntalada por el INE y el TEPJF. Es decir, MORENA forma parte de la transición y el cambio, y a López Obrador le corresponde la responsabilidad de mejorarlo o retrasarlo. Tal es su papel en esta encrucijada histórica de México.