Los actuales son tiempos de convulsión política en nuestro país, pudiera ser la síntesis de las contradicciones sociales políticas y económicas cuya recurrencia deviene hace ya de algunas décadas, y pudiera incluso sentarse la hipótesis acerca de que el actual gobierno, emanado de un Movimiento pluriclasista e ideológicamente ecléctico, forma parte de la transformación que postula. Porque, en efecto, ¿en cuál categoría política colocaríamos al gobierno de la CartaT? ¿Es auténticamente democrático y liberal? Caben muchas interrogantes más, aunque, como decía Ortega Gasset: “Liberalismo y democracia se nos confunden en la cabeza y, a menudo, queriendo lo uno gritamos lo otro… (Pero) acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico”. Porque la democracia supone un gobierno “de todos” y el liberalismo cuida que los límites de la acción del gobierno no rebasen la línea correspondiente al ente social. Es el Estado de Derecho. Sin embargo, en la Teoría del Gobierno Revolucionario”, decía Robespierre: “El principio del gobierno constitucional es conservar la República; la del gobierno revolucionario es fundarla. El gobierno constitucional se ocupa principalmente de la libertad civil; y el gobierno revolucionario de la libertad pública. Bajo el régimen constitucional es suficiente con proteger a los individuos de los abusos del poder público; bajo el régimen revolucionario, el propio poder público está obligado a defenderse contra todas las facciones que le ataquen…”. Así vistas nuestras circunstancias, para poder entenderlas será preciso despejar la incógnita respecto a si transitamos en evolución o en revolución. Es una operación semejante a las del algebra, muy difícil de descifrar en tan corto tiempo y espacio, aunque en la perspectiva de nuestro escenario, volver atrás a la manera de una restauración se antoja casi imposible.