La consuetudinaria mañanera del presidente López Obrador permite a los analistas medir con precisión el alcance estadístico de sus temas y hasta el número de veces que ha pronunciado tal o cual palabra, en este caso las más iterativas son: democracia, reaccionarios, corruptos, conservadores, hipócritas, neoliberales, politiquerías y, por supuesto, pueblo.

Pero ¿qué es el pueblo? Una definición dice: “Conjunto de personas que forman una comunidad y están unidas por una misma raza, religión, idioma o cultura y la conciencia de pertenecer a un mismo grupo”. En nuestra Constitución Política “pueblo” es el depositario de la soberanía nacional, es decir, la población en general.

Sin embargo, ese no parece ser el significado escogido por el presidente, porque cuando lo refiere deslinda a quienes supone están en contra suya (y por ende del “pueblo”), los poderosos dueños del dinero, los “fifís”, esos están excluidos de su concepción de pueblo.

En esa polarización conceptual, para López Obrador ser pobre es sinónimo de “pueblo”, de esa manera lo opone a quienes sin ser adinerados son clase media, porque pueden comprar más de una canasta básica, asistir a centros de diversión, buscar oportunidad para aprovechar la permeabilidad social para escalar mejores condiciones de vida.

Pero esa visión en blanco y negro solo propicia animosidad social, porque el pueblo somos todos, aunque a la hora de votar somos ciudadanos, es decir, somos quienes decidimos en cada elección el gobierno que queremos. El “pueblo” no vota ni como concepto.