Dr. José Luis Soto Ortiz

Nunca antes hemos tenido tanta información en la palma de la mano, ni tan poca certeza. El mundo leído por algoritmos promete ordenar el mundo a partir de datos, modelos y predicciones, ofreciendo una sensación de control que parece incuestionable. Sin embargo, bajo esa premisa se esconde una ilusión persistente: creer que comprender es acumular información y que decidir es calcular. Ese desplazamiento es el núcleo del espejismo digital.

En el espejismo digital, lo visible se confunde con lo verdadero. Aquello que puede ser medido, rastreado y procesado adquiere estatus de realidad, mientras que lo que escapa a la cuantificación —la ambigüedad, la experiencia subjetiva, la duda— es relegado a un segundo plano. Esta lógica ha sido analizada críticamente por Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia), quien sostiene que la obsesión por la visibilidad total empobrece la experiencia humana y elimina la negatividad necesaria para el pensamiento.

El problema no es lo digital, sino la confusión entre representación y realidad. En este tenor, los modelos algorítmicos no comprenden el mundo; lo abstraen. No interpretan el sentido; lo aproximan estadísticamente. Esta distinción entre correlación y comprensión ha sido subrayada por Cathy O’Neil (Armas de destrucción matemática), quien advierte que los modelos algorítmicos adquieren autoridad social sin ser epistemológicamente neutrales, afectando a las personas solo por la valoración datista.

De igual manera, en el ámbito económico, el espejismo digital se expresa como una fe casi incuestionable en la predicción de datos. Mercados, comportamientos y preferencias se modelan como si fueran sistemas cerrados, gobernables desde el cálculo digital. Esta lógica ha sido criticada por Shoshana Zuboff (La era del capitalismo de la vigilancia), quien muestra cómo la economía digital transforma la experiencia humana, siendo utilizada para la predicción y la modificación conductual, ejemplo de ello, son los anuncios comerciales que aparecen en las redes socialesseleccionados a partir de las tendencias, preferencias y gustos del usuario incidiendo en su compoartamientos de elección.

En este contexto, los algoritmos internos que operan en la inteligencia artificial no actúan como agentes conscientes, sino como un amplificador de una ilusión moderna: la creencia de que el mundo puede ser plenamente gobernado desde la información del big data, abre interrogantes. Esta ilusión ha sido cuestionada desde una perspectiva histórica y cultural por James Bridle (La nueva edad oscura), quien sostiene que más tecnología no necesariamente produce más comprensión, sino nuevas formas de opacidad.

Tal vez el desafío no sea corregir los algoritmos, sino desmontar la ilusión que los rodea. Reconocer —como ya advertía el humanismo clásico en Immanuel Kant (Crítica del juicio)— que ningún sistema puede sustituir la experiencia humana de decidir, errar y responder. Mientras sigamos confundiendo el mapa con el territorio, la eficiencia con la verdad y el dato con el sentido, el espejismo digital seguirá operando no como una falla del sistema, sino como su condición más profunda que debe analizarse y replantearse desde lo humano.

Quizá, entonces, la cuestión decisiva no sea qué pueden hacer las máquinas por nosotros, sino qué estamos dejando de plantearnos como humanos al mirarnos y reflejarnos en ellas. Porque en ese espejismo digital —cómodo, brillante y aparentemente objetivo— no solo esta puesto el futuro enla tecnología, sino el modo en que elegimos comprendernos, limitarnos y, todavía, imaginarnos.