Dr. José Luis Soto Ortiz.

En silencio, sin estruendo ni épica visible, el advenimiento de la Inteligencia Artificial (IA) se ha convertido en uno de los puntos de debate de la historia humana. No llega como una invasión, ni como una guerra, ni como una catástrofe natural. Llega como un servicio, una plataforma, una herramienta digital. Pero su impacto no es técnico: es ontológico. Cambia lo que somos y  no sólo lo que hacemos. La pregunta  no es si las máquinas podrán pensar como humanos; es más inquietante: cuando las máquinas tengan una autonomía decisional , ¿seguiremos sintiendo?

El autor Yuval Noah Harari en su libro Homo Deus: Breve historia del mañana, lo advirtió: el humanismo, esa idea central de la modernidad que coloca al ser humano como fuente de sentido, verdad y valor, está siendo desplazada por una nueva lógica: la del poder del dato. En este nuevo orden, no importa tanto la experiencia interior como la información exterior. No importa quién eres, sino qué datos produces, qué patrones generas, qué algoritmos te pueden predecir. La IA no sólo automatiza tareas. Automatiza decisiones y criterios. Automatiza juicios. Cuando eso ocurre, el ser humano deja de ser sujeto para convertirse en objeto de análisis (se convierte en sujeto, sujetado; atado). No se le comprende: se le calcula.

En este tenor, la tecnología está reorganizando el mundo, pero también está reorientando el significado de lo humano. Ya no basta con pensar, ni siquiera con producir. Ahora se exige encajar. Ser legible para los sistemas. Ser útil para los modelos. Ser predecible para los algoritmos. En la actualidad posiblemente la persona que no puede ser leída por en el contexto de la lógica digital, no es expulsada, pero  es ignorada. No se le combate, se le omite.

Esta idea se fundamenta en la tradición humanista (Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres) y en la crítica contemporánea a la racionalidad tecnológica desarrollada por autores como Jaron Lanier (No somos gadgets) y Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio), quienes advierten que la lógica algorítmica convierte la dignidad en rendimiento y el valor humano en eficiencia medible. Asimismo, esta postura se fundamenta en el pensamiento tecnoprogreista y en autores como Pierre Lévy (Inteligencia colectiva) y Kevin Kelly (What Technology Wants), quienes conciben la tecnología como una expansión de la inteligencia humana, capaz de democratizar el conocimiento, fortalecer la inteligencia colectiva y reconfigurar el trabajo humano hacia dimensiones más creativas y relacionales.

Esta cuestión ha sido abordada por la filosofía de la mente contemporánea, especialmente por John Searle en Minds, Brains and Programs y David Chalmers en The Conscious Mind, quienes sostienen que una máquina puede simular funciones cognitivas sin experimentar conciencia, ya que el pensamiento, el lenguaje y la emoción no se reducen al cálculo computacional, entonces surgen los siguientes planteamientos ¿qué nos define como humanos? Tal vez no sea la inteligencia. Tal vez no sea la razón. Tal vez sea la fragilidad, la contradicción. La experiencia subjetiva. El dolor. El amor. El sentido.Sí, la IA puede procesar millones de datos sobre una emoción, pero no puede sentir una pérdida. Puede describir el amor pero no lo experimenta. Puede optimizar decisiones morales, pero no cargar con la culpa. Y, ahí aparece el verdadero riesgo: no que las máquinas se vuelvan humanas, sino que los humanos se vuelvan mecánicos, predecibles, .optimizados, eficientes. Vacíos. Amplifica lo que somos como civilización. Si somos éticos, amplificará ética. Si somos desiguales, amplificará desigualdad. Si somos conscientes, amplificará conciencia. Si somos vacíos, amplificará vacío.

Por eso, el debate real no reduce a lo tecnológico, encuentra caminos en los filosófico, en lo político se torna en una condición moral. No se trata de qué tan inteligentes serán las máquinas. Se trata de qué tan humanos seguiremos siendo nosotros. Porque cuando las máquinas piensen… la verdadera pregunta seguirá siendo si nosotros aún sabremos sentir.

Email: joseluis.sotoortiz@gmail.com