¿Cuál es el verdadero futuro de la producción de alimentos?
Durante milenios, producir alimentos para satisfacer las necesidades humanas
básicas fue relativamente sencillo —otra discusión es la de la justicia distributiva—. La Madre Tierra ha sido generosa con nuestra especie y hemos sabido aprovecharlo. Las civilizaciones se levantaron en torno a los asentamientos agrícolas. La agricultura permitió la estabilidad; la estabilidad permitió la cultura.
Si nos centramos en la producción de vegetales, el modelo cambió poco durante
siglos: semillas, tierra, agua, sol, viento y tiempo. La germinación y la cosecha
dependieron siempre de los elementos naturales. No obstante, la agricultura nunca estuvo libre de riesgos. Sequías prolongadas, lluvias torrenciales o plagas podían destruirlo todo.
La historia lo demuestra. La Gran Hambruna Irlandesa de 1845, causada por el tizón tardío de la papa, provocó la muerte de más de un millón de personas y una migración
masiva hacia Estados Unidos. La Gran Hambruna Europea (1315-1317), producto de lluvias persistentes y frío extremo, arrasó cosechas y causó la muerte de entre el 10% y el 25% de la población de la Europa medieval.
América tampoco fue ajena a estos episodios. El colapso de la civilización maya alrededor del año 800 d.C. se vincula, entre otros factores, con severas sequías. En la Nueva España, entre 1785 y 1787, una devastadora crisis agrícola derivada de condiciones climáticas extremas ocasionó la muerte de miles de personas.
La producción de alimentos siempre estuvo atada al clima.
Con la Revolución Industrial comenzó una transformación progresiva. La
mecanización elevó la productividad, aunque la esencia seguía siendo la misma:
semillas, agua, tierra y sol; solo que el arado se convirtió en tractor y la hoz en
cosechadora.
El verdadero punto de inflexión llegó tras la Segunda Guerra Mundial con la llamada Revolución Verde. La urgencia era clara: alimentar a una población mundial creciente.
La incorporación de semillas mejoradas, fertilizantes sintéticos, pesticidas y
maquinaria permitió incrementos extraordinarios en la producción de granos básicos como maíz, trigo y arroz.
Pero el éxito tuvo costos. El uso indiscriminado de pesticidas no distingue entre plagas y polinizadores. Sustancias como el DDT, ampliamente utilizadas durante décadas, se revelaron posteriormente como tóxicas para la salud humana y para múltiples
especies. El exceso de nitrógeno y fósforo en los suelos terminó arrastrado hacia ríos y lagos, generando desequilibrios ecológicos severos. La relación con la naturaleza comenzó a fracturarse.
Hoy, ese modelo muestra signos de agotamiento. El sistema global de producción alimentaria enfrenta una presión creciente derivada del calentamiento global y el
cambio climático; los patrones de lluvia se alteran, las sequías se intensifican y la
disponibilidad de agua disminuye.
En México, los efectos ya son visibles. Productores de Durango expresan preocupación por la irregularidad de las precipitaciones, de las que dependen casi por completo. En Sonora, tanto en el Valle del Yaqui como en el Valle del Mayo, la producción agrícola llegó a reducirse hasta en 90% en algunas etapas del ciclo 2024-2025 debido a la falta de agua para riego. No llueve lo suficiente. Y cuando no llueve, el sistema se desmorona.
Seguramente México no enfrentará hambrunas generalizadas en el futuro cercano ni lejano. Es un país productor de alimentos, de renta media, con capacidad de importar para cubrir la demanda interna. Pero la situación es distinta en regiones vulnerables.
Organismos internacionales estiman que en los próximos años el riesgo de hambruna podría afectar a cerca de 515 millones de personas en el mundo, alrededor del 60% en África, y el resto en América Latina y el Sudeste Asiático.
En nuestro país, la alerta se expresa de otra forma: en los precios. Consideremos que no hay nada más inelástico en la economía que comer. En la última década, el precio de la canasta básica alimentaria en México ha aumentado cerca de 70%. Esto representa una presión enorme para los hogares de menores ingresos, que destinan una proporción mayor de su presupuesto a la alimentación. Y todo indica que los
precios seguirán al alza por la reducción de lluvias, la escasez de agua, el deterioro de suelos y la pérdida de polinizadores.
Frente a este panorama, el futuro de la producción de alimentos no puede ser
simplemente una versión intensificada del modelo actual. Las alternativas comienzan a perfilarse en dos frentes complementarios: biotecnología y transformación de los patrones de producción.
Cada vez más empresas y emprendimientos apuestan por la producción en ambientes
controlados. No se trata sólo de invernaderos tradicionales, sino de sistemas basados en técnicas hidropónicas altamente tecnificados que controlan de manera computarizada la luz, la humedad, la nutrición y el crecimiento de las plantas. Estos
sistemas consumen significativamente menos agua que la agricultura a cielo abierto y, al operar en entornos cerrados, reducen o eliminan el uso de plaguicidas.
Los mejores ejemplos de esta tecnología los encontramos en Corea del Sur, China, España y Alemania,
La hidroponía es mucho más que un mero experimento escolar. En ciertos cultivos
puede multiplicar por diez la productividad respecto a métodos tradicionales. Si a esto se suman la robótica y la inteligencia artificial, entonces es muy posible que estemos
ante los albores de una nueva revolución agrícola: producir más con menos recursos naturales, con mayor eficiencia y menor impacto ambiental.
El desafío no es menor. Se trata de alimentar a una población creciente sin agotar los ecosistemas que lo hacen posible. La pregunta ya no es solo cuánto podemos producir, sino ¿Cómo y a qué costo?
Autor:
Pedro Núñez Mendoza es Economista por la Facultad de Economía de la UNAM, Maestro en Políticas Públicas por el ITESM campus CDMX y ambientalista por vocación