El desgaste del imperio: ¿está naciendo un nuevo orden mundial?

¿Podemos anticipar el surgimiento de un nuevo equilibrio global a raíz del conflicto
entre Israel y Estados Unidos frente a Irán?
La pregunta no es descabellada y tampoco carece de sintonía con los eventos
actuales, porque la ruptura de la brevísima tregua entre Estados Unidos e Irán puede
acelerar el curso de la historia y debilitar profundamente la hegemonía del que fuera,
hasta hace poco, el país más poderoso del mundo y su principal aliado en Oriente
Medio. El orden mundial podría estar cambiando frente a nuestros ojos. La pregunta es si estamos preparados para verlo.

La fractura de la que ya muchos llaman “la tregua más corta de la historia moderna” —
duró menos que un partido de fútbol— encendió las alarmas internacionales. Irán
continuó con el lanzamiento de misiles hacia territorio israelí, mientras Israel
intensificó sus operaciones en el sur de Líbano contra Hezbollah. En paralelo, países
como Pakistán han intentado, sin éxito hasta ahora, construir una salida diplomática
duradera que devuelva cierta estabilidad a una región clave para el equilibrio global.
Todo indica que estamos frente a dos potencias en ruta de colisión —porque sí, Irán lo es en términos regionales y estratégicos—.

Pero antes de hacer prospectiva, conviene
mirar hacia atrás. Entender a Irán exige comprender que no estamos ante un actor
débil.

Irán no es, de ninguna manera, una nación subdesarrollada que solo pueda defenderse
con armamento obsoleto. Por el contrario, ha demostrado contar con una industria
militar sofisticada, capaz de producir tecnología de punta en materia de drones,
misiles y sistemas de defensa. Su verdadera fortaleza no es solo técnica: es histórica.
En lo que hoy conocemos como Irán, hacia el año 2700 a. C., se asentó el reino elamita.
Desde entonces, este territorio ha sido habitado de forma continua por elamitas,
acadios, partos y persas. Hablamos de una civilización con cerca de cinco mil años de
antigüedad

Alejandro Magno conquistó Persia tras la batalla de Gaugamela en el 330 a. C., pero su
muerte fragmentó el imperio y permitió el surgimiento de nuevos poderes locales. Más
tarde, los partos consolidaron su dominio y protagonizaron uno de los episodios más
relevantes de resistencia frente a Roma.
El Imperio romano, la maquinaria militar más poderosa de la Antigüedad, intentó
durante siglos someter ese territorio. Fracasó. Desde la derrota de Craso en Carras (53 a. C.) hasta las campañas de Trajano y Juliano, Roma fue incapaz de consolidar su
dominio en Persia. Durante casi 300 años, los partos lograron desgastar a una
superpotencia que, aunque superior en muchos aspectos, no pudo imponerse jamás.
Esa persistencia histórica no es anecdótica: explica, en buena medida, el
comportamiento estratégico de Irán en el presente.

Con el paso del tiempo, los califatos árabes lograron conquistar Persia, pero no sin
consecuencias. La región adoptó una interpretación propia del islam: el chiismo,
centrado en la figura de Alí ibn Abi Talib. Esta diferencia no es menor; ha marcado,
durante siglos, una identidad política y religiosa diferenciada dentro del mundo
musulmán.

Ni siquiera los mongoles, en el siglo XIII, lograron borrar esa identidad. Aunque
conquistaron el territorio, terminaron siendo absorbidos culturalmente por la
civilización persa. Más tarde, en el siglo XX, la Unión Soviética intentó expandir su
influencia hacia el norte de Irán. Tampoco lo logró.

Irán no es solo un país: es una continuidad histórica que ha resistido, adaptado y, en
muchos casos, absorbido a quienes han intentado dominarlo.

A ello se suma un factor geográfico determinante. Irán es el 17.º país más grande del mundo, equivalente a aproximadamente el 83% del territorio mexicano.

Su geografía es, en sí misma, una fortaleza: los montes Zagros al suroeste, la cordillera de Elburz al norte, el mar Caspio como frontera natural y vastas zonas desérticas en su interior, como el Dasht-e Lut, uno de los lugares más extremos del planeta.
Con una población de más de 93 millones de personas, Irán representa un desafío de
escala mayor. Diversas doctrinas militares sugieren que para ocupar un país de esas
características se requerirían entre tres y cuatro millones de soldados. Estados Unidos
cuenta con aproximadamente 1.3 millones de efectivos activos. Las matemáticas,
simplemente, no cuadran

 

Esto ayuda a explicar la insistencia estadounidense en construir coaliciones
internacionales, aunque con resultados limitados. Incluso dentro de la OTAN, el
respaldo ha sido ambiguo.
A nivel militar, la diferencia entre ambos países también es estructural. Mientras Irán
apuesta por volumen, flexibilidad y adaptación, Estados Unidos ha desarrollado una maquinaria altamente tecnificada, centrada en su superioridad aérea y en sistemas de alta complejidad.
Esto responde, en parte, a una lógica industrial: la de un complejo militar que produce tecnología avanzada, costosa y sofisticada. Sin embargo, esta misma sofisticación implica vulnerabilidades. Sistemas extremadamente caros frente a amenazas relativamente baratas.

Ahí radica una de las claves del conflicto actual. Un portaaviones puede costar más de
13 mil millones de dólares; un misil capaz de dañarlo, una fracción de ese valor.

La guerra contemporánea, en este escenario, tiene un importante componente de eficiencia económica y capacidad de reposición de inventarios militares.
Irán parece haber entendido esta lógica. Su estrategia no es derrotar frontalmente a
Estados Unidos, sino desgastarlo. Es, en esencia, la misma táctica que los partos
emplearon contra Roma: evitar la confrontación directa y prolongar el conflicto hasta erosionar la voluntad del adversario.

A este desgaste militar se suma el económico. El sistema del petrodólar enfrenta presiones crecientes, mientras el costo de sostener conflictos prolongados se vuelve cada vez más alto. Internamente, la sociedad estadounidense muestra señales de
fatiga frente a nuevas guerras, y el consenso político ya no es tan sólido como en
décadas anteriores.

En este contexto, la posibilidad de un repliegue estratégico de Estados Unidos en
Medio Oriente no es improbable. Lo que está en juego no es solo su dominio en la
región, sino su credibilidad global, el modelo financiero vigente y su propia cohesión nacional.

Si ese repliegue se concreta, el escenario cambiaría radicalmente. Irán e Israel
quedarían como potencias enfrentadas en la región, pero con un equilibrio distinto:
Israel, con menor respaldo internacional; Irán, fortalecido por su resistencia.
Y en ese reacomodo, hay un actor que observa con paciencia: China

Sin confrontarse directamente, China ha avanzado en la construcción de influencia
económica, energética y diplomática. En un mundo donde el centro del poder parece
estar cambiando, su posición podría verse significativamente fortalecida.
La historia ofrece lecciones importantes. El Imperio romano no cayó de un día para
otro. Se desgastó, se extendió más allá de sus capacidades y terminó cediendo
terreno, poco a poco, hasta perder su centralidad.

Hoy, las preguntas son inevitables: ¿estamos viendo un proceso similar? ¿Está Estados
Unidos entrando en una fase de desgaste estructural? ¿Presenciamos un relevo en el
liderazgo global? La historia demuestra que los imperios no caen de golpe: se
desgastan… hasta que un día descubren que ya no lo son.

Autor: Pedro Núñez Mendoza es Economista por la Facultad de Economía de la UNAM,
Maestro en Políticas Públicas por el ITESM campus CDMX, también cuenta con una
Especialidad en Política Energética por FLACSO-México